El
primer acuerdo que tomamos fue el de dividir cada encuentro en diferentes
tiempos y cada uno de nosotros seria responsable de cada uno de estos momentos.
Esta fue una buena idea porque nos permitía participar a todos de forma ordenada,
o al menos esa era la intención.
También
era una forma de dar unidad al taller, que por otra parte era una colección de
temas aparentemente independientes, o al menos no cronológicamente
dependientes. El mantener siempre la estructura de los encuentros era una
herramienta que ayudaba tanto a los participantes como a los facilitadores.
Acordamos
entonces seguir las tres etapas de la asimilación de un conocimiento:
reconocer la
utilidad de la información, incorporarla a nuestra descripción del mundo y asimilarla
a nuestro ser. En otras palabras, poner en practica lo que habíamos aprendido
con S sobre atender,
entender y comprender.
El hombre posee
un mecanismo que le permite seleccionar de toda la información que impresiona
sus sentidos, aquella a la que le va a permitir “entrar” al proceso de
análisis. Este mecanismo es la atención. Nuestros sentidos están continuamente
recibiendo información del entorno, incluso cuando dormimos, pero nos quedamos
sólo con aquella a la que
prestamos atención, que entonces pasa a ser analizada por el consciente. La
palabra clave en la primera etapa es atender.
La segunda etapa es la de incorporar la
nueva información a nuestra descripción del mundo y conlleva el establecimiento
de asociaciones entre la información nueva y los conocimientos que teníamos
anteriormente.
Cuando decimos que no entendemos porque no
tenemos la base necesaria para ello, o decimos que no entendemos porque tenemos
lagunas, estamos diciendo que nos falta un conocimiento anterior que
consideramos imprescindible para asociar la nueva información que se nos
presenta a una estructura que ya existe dentro de nosotros. Una estructura que
hemos construido a partir de un conocimiento que ya poseíamos.
Es por esto que utilizaremos la palabra entender,
en-tender,
interiorizar, para
describir este proceso consciente.
Sin embargo, no toda la información que
entendemos se traduce en una conducta acorde a ella. Todos los fumadores
entienden que el humo del cigarro al pasar por los pulmones deja sedimentos que
son perjudiciales para la salud, pero esto no les impide continuar fumando. La
información que el fumar daña la salud ha sido entendida pero no ha sido
asimilada.
Utilizaremos la palabra comprender para nombrar el proceso de asimilación de la
información a nuestro ser. La comprensión
está ligada al centro emocional del cerebro. Quizá la prueba más
fehaciente de esto es el sentimiento de alegría que nos invade cuando
comprendemos algo y el sentimiento de frustración cuando no logramos
comprender.
Para actuar a
partir de una nueva información no es suficiente entenderla sino que esta
información debe integrarse a nosotros, debe formar parte de un reflejo
condicionado. Esta asimilación sólo tiene lugar a través de una emoción.
Podemos pensar que las emociones son como el cemento que funde la información a
nuestro cuerpo.Podemos representar esquemáticamente el proceso de transformación, la unión de las tres etapas como el resultado de tres fuerzas que actúan unidas para obtener el resultado deseado.
Armados con esta comprensión dividimos cada encuentro en tres partes. En la primera parte presentábamos la información, en la segunda trabajábamos con ella y en la tercera conversábamos con los participantes sobre las implicaciones de lo que acabábamos de hacer en las dos partes anteriores para que ellos lograran la comprensión al reflexionar sobre la clase.
Además,
como éramos tres, nos podíamos repartir la responsabilidad de cada una de las
partes alternándonos entre la primera, la segunda y la tercera en los
diferentes encuentros. Acordamos que los encuentros serian en las mañanas de
nueve a doce y sólo una vez a la semana. Esta idea de encuentros semanales
servia el propósito de dar tiempo a los participantes a reflexionar sobre las
ideas de a clase antes de presentar la siguiente información.
También
acordamos realizar una serie de test sicológicos al inicio y al final del
taller para intentar comprobar si lográbamos aumentar la creatividad de los
participantes y que M incluyera estos resultados en su tesis de doctorado.
Para
ayudar a todo el proceso de transformación recurrimos a Z como especialista en
medicina alternativa, el cual trató a todos los participantes utilizando la
técnica de las gotas florales del Dr. Bach.
Resulto
que los participantes que se presentaron eran fundamentalmente alumnos de
primer año de la facultad de filología y maestros del nivel secundario (7º, 8º
y 9º grados). Y también, los
novios de dos de las muchachas que no eran ni estudiantes ni maestros. Pero de
estos primeros participantes hablaremos más tarde.
Después
del primer encuentro nos dimos cuenta que la preparación que habíamos hecho era
insuficiente. Muchas veces uno de nosotros interrumpía lo que el otro estaba
diciendo para añadir algo, o para refutar algo con lo que no estábamos de
acuerdo y que la otra persona estaba diciendo. Eso sucedía sobretodo con A
cuando M estaba hablando, porque éste tiene tendencia a dar explicaciones
excesivamente teóricas y largas, según la opinión de A; pero también viceversa.
Y yo también interrumpí algunas veces o tomé la palabra inmediatamente después
que habían terminado para soltar yo mi parrafada.
Decidimos
que eran necesario reunirnos antes de cada encuentro para ensayar todo lo que
cada quien iba a decir en el próximo encuentro y que no cogiera a los demás de
sorpresa delante de los participantes. No es que nos planteáramos estar los
tres de acuerdo en todo, por más una meta inalcanzable, sino que no nos cogiera
de sorpresa y evitar lanzarnos a defender a toda costa nuestro punto de visita.
El
análisis de lo sucedido en la primera clase nos llevo a revisar los objetivos
que queríamos conseguir con nuestra acción y los pasos que eran necesarios para
lograrlo. Examinándonos a nosotros mismos pudimos plantearnos lo siguiente:
- Tener en cuenta que los participantes observan nuestro comportamiento todo el tiempo. La mejor demostración de que las premisas que presentamos en el taller contribuyen a una vida con menos conflictos y estrés es ver como esto se manifiesta en la práctica. Los participantes deben ver, y sentir, que nosotros colaboramos unos con otros, que compartimos la responsabilidad de la enseñanza sin jerarquías.
- Una forma de inducir la verdadera esencia de la colaboración es que cada uno de nosotros cambie su rol de un encuentro a otro sin afectar la profesionalidad, y lo que es más importante, el entusiasmo con que coopera con la clase. Si el alumno no asocia a una persona con una parte específica de la clase o con un tipo de actividad en específico estará más atento a observar el desempeño de la persona como conductor de la nueva actividad.
- Otra forma de poner de manifiesto la armonía dentro del grupo es durante la discrepancia. Los momentos de discusión colectiva no deben planearse al punto que los participantes sientan que se constriñe la conversación sólo al tema de interés del orientador. Hay que dejar espacio abierto a la improvisación, a la discrepancia, incluso entre nosotros mismos. No podemos dar la impresión de que nos creemos dioses, sino personas comunes y corrientes. Se puede discrepar, interrumpir, dentro del marco asignado para ello, pero no se pueden crear tensiones. Lo único que debemos tener siempre presente es no ceder a la tentación de “luchar por el protagónico”.
Para poder cumplir con estos preceptos que
nos habíamos planteados decidimos reunirnos todas las semanas antes de cada
encuentro y preparar con lujo de detalles, al punto de exponer las ideas
principales que cada quien pensaba expresar en cada parte. Esto servia, como
expliqué antes, para conocer las discrepancias en nuestros puntos de vista.
Como comprenderán, el último punto, el de
no “luchar por el protagónico”, lleva una gran dosis de conciencia, lo cual a
su vez, gasta mucha energía y no siempre se tiene la suficiente, así que
decidimos después de algunos encuentros añadir un punto más:
- Por bien que se prepare o estructure la clase, siempre aparecerá una serie de imprevistos que incidirán en el buen funcionamiento del encuentro. Los participantes evaluarán la validez de lo que se está impartiendo a partir de cómo seamos capaces de enfrentar y solucionar estas interrupciones.
Por todo esto llegamos a la conclusión de que éramos como actores, sólo que
siempre estábamos en escena, los participantes nos observaban siempre, aún
cuando parecía que no lo hacían. Había que estar atento a nuestra expresión
corporal y a nuestras expresiones faciales durante todo el encuentro. No
podíamos expresar desagrado o aburrimiento ante lo que otra persona estuviera
expresando. Nuestra misión básica era lograr la armonía, la ausencia de juicios
tan común en nuestra sociedad actual. Si creen que esto es fácil, inténtenlo
durante cuatro horas fuera de un escenario.
Era una meta ambiciosa, pero logramos inducir un cambio en muchos de esos
primeros participantes. Incluso, en algunos se despertó tal interés que se
incorporaron activamente a un grupo de trabajo para la transformación personal
como veremos más adelante.



